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Los sabores intensos y expresivos de Nueva Zelanda

Después de varios meses llenos de estrés y mucho trabajo, decidí festejar una década más de vida haciendo un viaje para consentirme y olvidarme por un par de semanas del mal clima de la ciudad.

Mi asistente me presentó distintas opciones de viajes legendarios, pero eran las mismas opciones de siempre: Europa Occidental, Asia, Sudamérica; yo necesitaba algo diferente, ya que si de algo estoy orgulloso es que a mi edad he recorrido prácticamente la mitad del mundo. En realidad necesitaba algo nuevo.

En la víspera de mi cumpleaños, mis mejores amigos organizaron una cena en mi departamento, una actividad que desde algunos años atrás se ha vuelto tradición. Uno de ellos llevó un par de botellas de Pinot Noir que me pareció excelso: pude percibir un sabor intenso, expresivo y afrutado con una variedad de uvas rojas muy bien combinadas. Al ver la botella pude observar que provenía de la región de Marlborough, Nueva Zelanda, una provincia que nunca había llamado mi atención, pero que a partir de ese momento empezó a posicionarse en mis intereses.

Los días siguientes me acerqué a una tienda gourmet de productos importados y adquirí varios de aquel lejano país. Definitivamente quería conocer más sobre Nueva Zelanda y su cultura gastronómica: había encontrado el destino ideal para realizar mi viaje de cumpleaños.

 

La ciudad de las velas

Una semana después, y posterior a un vuelo en primera clase bastante cómodo de 16 horas con una escala en Los Ángeles (para ser sincero creía que sería más complicado y tardado poder llegar), por fin llegué al aeropuerto de Auckland, la ciudad de las velas. Quedé totalmente sorprendido al descubrir que era una metrópoli bastante cosmopolita y llena de lugares modernos y acogedores. Me recordó un poco a San Francisco, pero la gente había desaparecido, ya que la población de kiwis (así les llaman a los neozelandeses) es muy reducida, y probablemente había más extranjeros que nativos.

La noche llegó, y con ella la hora de cenar. Me hospedaba en el hotel Skycity, y había escuchado que su restaurante era espectacular. Así que subí al piso 53 de la Sky Tower y de inmediato quedé hipnotizado con la vista de 360° que se podía apreciar desde cualquier mesa, gracias a sus ventanales completos que la rodeaban. Definitivamente es un punto de la ciudad que no se puede apreciar en ningún otro restaurante. Al llegar la cena, me di cuenta que la decoración del lugar era lo de menos. Tienen el mejor rack de cordero que he comido en todo el mundo.

Al día siguiente la aventura comenzaba, había planeado recorrer las principales regiones del circuito de vinos de Nueva Zelanda, las cuales representan el 80 % de la producción de vino del país. Pero mi viaje estaba a punto de cambiar, porque al estar en Auckland, y dar un paseo por los muelles, se me ocurrió hacerlo en yate. No habría ningún problema, ya que el país está conformado por dos islas pequeñas, varias conexiones de ríos y las regiones de vino se encuentran cerca de la orilla. Conseguí un yate equipado con acabados de lujo, donde podría vivir sin ningún problema. Era espacioso, cómodo, único y me acompañaría en el resto de una travesía que, sin duda, se convertiría en el mejor viaje de cumpleaños.

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Regiones vinícolas de Nueva Zelanda

Decidí viajar de norte a sur, por lo que mi primera parada del circuito clásico del vino fue en Hawke’s Bay, parte de la región de Napier, en la isla norte. Es la región vinícola más antigua de Nueva Zelanda y la segunda región productora de vino más grande en el país; cuenta con las horas de sol más intensas de toda la isla, lo cual crea un clima que saca lo mejor del galardonado vino de la región y comida gourmet.

La mayor experiencia gastronómica de esta región la viví en Black Barn Vineyards, una viña boutique que ha sido nombrada una de las 10 bodegas de Frommer más visitadas en el mundo. Aquí pasé tres días en una de las 16 exclusivas habitaciones del lodge. Recorrí sus cavas, el viñedo, y además, tuve la oportunidad de conocer un mercado de productores locales, donde encontré pan fresco, flores, productos orgánicos, e incluso café tostado (aquí me di cuenta que Nueva Zelanda tiene una producción local de café que nadie conoce y que por cierto, me encantó).

De vuelta a mi recorrido, el yate hizo la siguiente parada en la región de Wairarapa, un destino boutique de vinos, reconocido por sus costas escarpadas, la hospitalidad kiwi y un estilo de vida relajado. Ya empezaba a probar buenas etiquetas de Pinot Gris y Pinot Noir de extraordinaria calidad. Los pintorescos viñedos tienen la filosofía de simplemente hacer vino bonito que exprese las características excepcionales de la tierra, el clima y la región.

Siguiendo por la costa este, llegué a la capital de Nueva Zelanda, Wellington. Y aunque no es la ciudad más grande del país, presume su escena gastronómica con un gran número de restaurantes y chefs que cuentan con reputación internacional. La ciudad también propone una puesta interesante de cerveza artesanal, pintorescos viñedos, y además pretende ser capital del café, tiene todos los ingredientes de un paraíso culinario.

Al ser una ciudad rodeada en su mayoría por mar, Wellington cuenta con una inigualable oferta de mariscos, con pesados, crustáceos y calamares de muy buena calidad. En definitiva, aquí comí los mejores mejillones de concha verde de mi vida.

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La llegada a Marlborough

Mi viaje continuaba, me encontraba muy emocionado porque el siguiente destino de mi recorrido era el lugar que comenzó mi interés en Nueva Zelanda: Marlborough.

El yate tomó su camino por el estrecho de Cook, atravesamos por un lugar que me dejó sin habla, Marlborough Sounds. Conocido por su belleza escénica, abundancia de aves y vida marina, un espectáculo natural que incluye delfines, focas, ballenas y pingüinos azules, rodeados de los famosos fiordos que han sido locación de varias películas.

Por fin llegamos a Marlborough, en la cima de la Isla Sur, la región vinícola más grande Nueva Zelanda, que produce el 77 % de la producción total de vino del país. Cuenta con más de 100 viñedos y es el mayor exportador de acuicultura de Nueva Zelanda, gracias a las aguas profundas y limpias que rodean la región. Los valles de los ríos Wairau y Awatere se han hecho famosos por el Sauvignon Blanc, y otras variedades como Chardonnay, Pinot Noir, Riesling y Pinot Gros, que se producen de muy alta calidad y se exportan a todas partes del mundo.

Aquí aprendí que la cultura de vino en Nueva Zelanda es muy importante para los kiwis, y por ello la promocionan todos los operadores turísticos en todos los rincones del país. También me explicaron que los productores de vino neozelandeses no utilizan corchos, porque sus vinos son relativamente jóvenes, por ello no se afecta la calidad del vino, y tampoco se producen corchos ya que afecta la naturaleza (el ambiente es algo muy importante para los kiwis).

Mi última tarde en esta región, la disfruté en un picnic a la orilla del mar, admirando el atardecer y deleitándome con las muestras gastronómicas y vinícolas que únicamente se ofrecen en este lado del mundo, que aparenta estar alejado de todo.

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El final se acercaba, y la hora de navegar también. Me dirigí al aeropuerto para volar a lo que sería mi última parada de este viaje: Minaret Station, un lujoso campamento en el corazón de los Alpes del Sur a la orilla del lago Wanaka. El acceso a este exclusivo hotel es únicamente en helicóptero, así que ese fue mi medio de transporte desde el aeropuerto de Queenstown.

Volamos sobre aguas cristalinas y fiordos limitados por selva, verdes campos, montañas y glaciares. Fue una de las locaciones más hermosas del mundo. Una vez que aterrizamos, me dirigí a la suite tipo tienda para descansar un poco.

En ese maravilloso lugar pasé los últimos días lejos de casa, leyendo un libro en la terraza de mi habitación, tomando una copa de Pinot Noir, y observando a lo lejos un grupo de venados pastando cerca de las laderas del lago Wanaka, una experiencia de relajación que espero repetir pronto. Así acabó mi viaje de cumpleaños, han pasado varios meses y aún añoro aquel destino exótico cada vez que degusto una copa de Pinot Noir.

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Rodrigo Betancourt

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