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Marruecos: el reino occidental

Así se le conoce a Marruecos; también es común Al-Magrib, que significa “el Poniente”, aunque los historiadores prefieren usar Al-Magrib al-Aqşà (el lejano Poniente), para diferenciar así al país con la histórica región de Magreb. Aunque en otras lenguas el término Marruecos procede de la antigua capital imperial Marrakech.

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A sólo catorce kilómetros de España, cruzando el estrecho de Gibraltar, se encuentra Marruecos, cuyas playas son bañadas tanto por el océano Atlántico como por el mar Mediterráneo, por lo cual ahí existen una variedad de climas impresionantes: el frío de las montañas Atlas, el calor seco del desierto del Sahara o la agradable brisa de sus playas vírgenes. Claro que eso no es lo único que vuelve único a este país árabe.

Distintas civilizaciones han llegado a sus costas a través de los siglos: fenicios, bizantinos, romanos y los bereberes que todavía andan libres por los desiertos de Marruecos. Actualmente son los árabes quienes, desde el siglo XII, han habitado esta tierra, por lo cual el idioma oficial es el árabe, aunque muchos marroquíes hablan francés y español, y también es común la gente que habla el dialecto berebere.

Por todo lo anterior Marruecos tiene una vasta cultura, al igual que una increíble gastronomía, varios museos que te enseñarán una historia que parece no acabar, y claro, sitios para perderte entre calles y encontrar maravillas que ni siquiera habías soñado.

El brillante azul de Fez

La gran ciudad de Fez se distingue por dos razones: por su color azul único en la mayoría de sus artesanías y por su cantidad de mercados tan variados. La ciudad se divide en tres sectores: Fez el-Bali, la zona antigua, Fès el Jadid, la zona nueva, y la Ville Nouvelle (Villa Nueva), que es la zona francesa en el noroeste de la ciudad. Lo primero que debes hacer al llegar es dirigirte  la puerta Bab Boujloud, para así entrar en la medina de Fez el Bali, que es el barrio antiguo de la ciudad, el cual fue fundado en el año de 809 por Idris II ben Alí. Al entrar a la medina lo primero que hay es la madraza Bou Inania, que es la más grande de Fez (“madraza” es la escuela donde se estudia el Corán y todas las asignaturas clásicas del conocimiento).

Continúa por la calle Talaa Kebira (Gran Cuesta), pasa por el zoco (mercado) de los lutieres, conoce a los vendedores de babuchas y sigue hasta la plaza de En-Nejjarine para llegar al mercado de los ebanistas. Aquí encontrarás preciosas cosas labradas en ébano y otras maderas, aparte del Museo de Artes y Oficios de la madera. No muy lejos de aquí está la kissaria donde se venden joyas y telas; no olvides regatearle a los mercaderes, pero sólo si vas a comprarles. Pero tu recorrido no acaba hasta que encuentres el antiguo Palacio Dar Batha, de estilo arábigo andalusí, que ahora es un museo dedicado a las artes y tradiciones de Fez.

Para hospedarse nada mejor que el hotel Riad Andalib, donde cada habitación es única y el servicio es de primera; cada detalle habla de lujo, donde la piscina y hasta el solárium te dejarán cautivado.

Si te queda tiempo, no olvides tomar uno de los cursos que se ofrecen en la ciudad, donde aprenderás la cocina tradicional arábiga andalusí, para ello, visitarás el mercado y comprarás tus propios productos para luego cocinarlos. Si no eres fan la cocina también podrás aprender caligrafía, alfarería o música tradicional.

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La capital al borde del océano

Sobria y graciosa es la mejor forma de definir a Rabat, la capital de Marruecos, que se localiza en la costa que da al océano Atlántico y cerca del río Bu Regreg, que la separa de su hermana Salé, también conocida como la ciudad de los corsarios, donde se encuentra una magnífica madraza, obra maestra del arte meriní, una antigua dinastía de origen bereber, la cual merece una visita; pero sigamos con la imponente Rabat.

Protegida por varias murallas, la medina sorprende por su trazo rectilíneo; aquí es mejor empezar por la muralla de los andalusíes, que te dejará con la boca abierta. Entra al barrio viejo de la ciudad por la puerta Bab el Had, donde suele instalarse el mercado los domingos. Comienza en la calle Souika, que aparte de la más grande, es una de las más concurridas; desde aquí podrás llegar a la Gran Mezquita o al zoco Zebat, el mercado del calzado, donde hay babuchas, artículos de marroquinería, artesanías y joyerías de oro y plata. La calle de los Cónsules, donde solían residir los representantes de las naciones extranjeras, está llena de construcciones elegantes; en este lugar fácilmente podrás ver a los artesanos trabajar a través de las grandes ventanas que tienen las tiendas. No olvides asistir a la subasta de alfombras los lunes y jueves por la mañana, un evento digno de recordarse. Las alfombras tradicionales de Rabat son finas, de lana de pelo corto, con frecuencia de color rojo y con un medallón en forma de rombo.

Cuando se trata de comida no tendrás ningún problema en encontrar estupendos platillos típicos y también internacionales. En la calle Sidi Fatah, en el centro histórico de Rabat, encontrarás varios muchachos que venden pescado fresco que compran cada mañana en el mercado; pídeles un plato de frituras variadas y no quedarás desilusionado. Aunque si las especias no son lo tuyo, siempre puedes recurrir al Cosmopolitan Restaurant, donde su fuerte son los platillos de inspiración francesa. No debes olvidar visitar Café Maure, que se extiende en varias terrazas en el jardín andaluz, donde la opción es tomar té de menta mientras degustas los pastelillos típicos y disfrutas de la vista de Salé y el río.

Hospédate en el hotel Sofitel Rabat, donde disfrutarás de sus increíbles jardines de rosas e incluso tendrás la oportunidad de recibir una manicura con pétalos de rosa en el So Spa, y si te hospedas en alguna de las suites contarás con mayordomo y aperitivos en el Club Millésime.

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La entrada al desierto y la ruta de las Mil Kasbahs

Ouarzazate es una ciudad al sur de Marruecos que también es conocida como “La puerta del desierto”, pero después del súbito auge que ha tenido en los últimos años también se ha convertido en un destino por sí misma. Parte de su fama es como la ciudad donde la cinematografía ha tomado vida, pues aquí se han grabado películas como Lawrence de Arabia y Gladiador; así que el tour por los Estudios Atlas para ver los decorados de estas superproducciones no te debe faltar.

Parte del encanto de Ouarzazate, es la kasbah de Taourirt, que es un edificio de planta cuadrada y con torres en los ángulos, donde destaca la decoración en estuco y los techos de cedro pintado. También vale la pena que visites la kasbah de Tiffoultoute y la ksar (fortificación, ksour en plural) de Aït Benhaddou que marca el inicio de las Mil Kasbahs; aunque antes de salir a la aventura en el desierto tal vez quieras visitar la Kasbah des Sables, que es ahora un restaurante. Aunque se cuenta que la original Kasbah des Sables fue engullida por las aguas del lago, este gran restaurante le hace gran honor. Al entrar quedarás embelesado por su gran arquitectura y su ambiente, donde cada detalle es cuidado; la comida también tiene lo suyo: ofrecen cocina internacional, con una mezcla de la gastronomía más tradicional y le han añadido platos de inventiva desenfrenada inspirada en los sabores y colores de Marruecos.

Ahora sí estás listo para partir. Desde aquí podrás dirigirte al frío de las montañas Atlas y subir al pico más alto de África: Toubkal, que alcanza los 4,167 msnm, o atravesar el desierto cruzándolo a través del valle del Draa lleno de kasbahs y pueblos fortificados, cada uno más impresionante que el último. Incluso puede ser productivo salirte un poco de la ruta para conocer las típicas viviendas de adobe de los bereberes. No olvides visitar el país de las rosas, Kelaât M’Gouna, donde podrás comprar la preciada agua de rosas, y si acaso vas en mayo, tendrás suerte de ver el festival de tres días que se le realiza a esta flor. Como en el Sahara no hay hoteles, lo que quieres es andar en la aventura: cruza las dunas en camello y acampa como un verdadero beduino.

Perderte en la medina de Marrakech

Llena de zocos rebosantes de objetos artesanales, telas y alimentos, creerás que has caído en un sueño parecido a las Mil y una Noches. Perderse en el laberinto de calles de la medina puede resultar divertido, pero volver a encontrar el camino suele ser estresante, así que págale algunos dírhams a algún niño para que te regrese a la Plaza de Djemaa el Fna, el corazón de Marrakech. Disfruta del dinamismo de la ciudad: de día verás videntes, encantadores de serpientes y vendedores de jugos, mientras en la noche el exótico ambiente medieval toma vida gracias a los narradores, domadores de animales, malabaristas y escupidores de fuego.

Otra de las grandes bellezas del lugar es el Jardín Majorelle donde descansan las cenizas de Yves Saint Laurent, el dueño original de los jardines; ahí encontrarás una colección de plantas que parecen provenir de las cuatro esquinas del mundo, las cuales florecen junto a elegantes estanques y la villa de estilo art decó. No te debes perder la madraza de Ben Youseff cubierta de grabados en estuco y azulejos zillij, las tumbas de la Dinastía Saadí, las ruinas de El Badi y el asombroso Palacio Bahía, donde el visir Ahmed Ben Moussa y sus doce concubinas solían vivir.

Aquí conviene dormir cerca del souk, que es el mercado al aire libre, y la mejor opción para ello son las riads, que son las residencias tradicionales marroquíes. Riad Farnatchi exuda lujo en cada una de sus 9 suites, que se caracterizan por ser únicas: una con patio interior y fuente de mármol, otra con una chimenea y ambiente romántico, mientras otra tiene hermosos trabajos de metal labrado y en cuyo patio podrás tomar el sol. De noche es hora de regresar a Djemma el Fna y probar los cuscús, kebabs y tajines que se sirven en largas mesas llenas de apretujados comensales, aunque también puedes probar la comida en Le Jardin, una especie de oasis de tranquilidad en medio del ajetreo de la plaza, donde podrás probar comida marroquí con tonos afrancesados.

Marruecos, como siempre cambiante, se abre al mundo con toques muy tradicionales, pero también con mucha cultura que podrás absorber en sus museos y madrazas, aparte de que disfrutarás de sus interminables zocos, las laberínticas medinas y sus increíbles ciudades fortificadas. Si ya has ido siempre hay una buena razón para regresar, aunque si es tu primera vez quedarás encantado con el abanico de posibilidades que se abren ante tus ojos.
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Un par de tips de viaje antes de que te embarques a la aventura: recuerda que el acceso a las mezquitas está prohibido a los no musulmanes, si piensas tomar fotos a los lugareños es acostumbrado primero pedir permiso, el té a la menta es símbolo de hospitalidad y es ofrecido con frecuencia. Ahora sí, estás listo para vivir una experiencia que aparte de singular, será maravillosa.

Crédito fotos: Armando Ortiz

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