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Arizona, más allá del Gran Cañón

Arizona es un mosaico de colores, cultura, historia, arte, gastronomía y vino. El intenso azul del cielo durante el día cambia por un manto estrellado por las noches. Los suelos desérticos pintan la tierra de tonos amarillos y castaños que contrastan con el verdor de las cactáceas y el rojo ocre de las montañas, mientras la música country armoniza el paisaje en conjunto.

Decir que Arizona es sólo el “estado del Gran Cañón” o el “estado del cobre” (como se le conoce), es limitar su descripción. Aunque el Gran Cañón es el atractivo por excelencia de esta entidad ubicada en el suroeste de Estados Unidos, lo que ofrece va más allá de esta maravilla natural y fue justamente lo que descubrí en mi travesía por el sur de Arizona, la cual deseo compartir con todos ustedes.

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El Viejo Oeste

La primera parada que hice fue en Willcox, un pueblo fundado en 1880 que conserva un estilo de vida tranquilo. Sus calles bien trazadas se encuentran sitiadas por las altas montañas de Dos Cabezas, al tiempo que los trenes atraviesan el poblado. En este bello sitio, aún existen los famosos cowboys que parecen salidos de una película: calzan botas, visten camisas típicas, pantalones de mezclilla y usan grandes sombreros; la población se dedica al trabajo en los ranchos y a la agricultura (de hecho es el segundo productor de pistache a nivel mundial), que son puntos primordiales de su economía. Pero lo importante a destacar es que han incursionado en otro mundo: el del vino.

La industria vitivinícola en esta zona comenzó en 1973. El terroir crea la personalidad de los vinos de Willcox (y de Arizona en general). Gracias a sus calurosas mañanas, frías noches y suelo desértico, algunos han comparado el clima de Willcox con el de Francia y España, por lo que las uvas provenientes de estos países se dan muy bien en estas tierras. El 74 % de la uva de Arizona es cultivada en este pequeño pueblo, desde la Petit Syrah hasta la Verdejo, pasando por la Garnacha o Merlot, entre muchas otras.

Sin embargo, la producción es poca, por lo que los tasting rooms son sumamente importantes: Flying Leep destaca con el Verdejo y Graciano, Carlson Creek brilla con el Chardonnay y Sangiovese, mientras que Keeling-Schaefer me enamoró con Partners 2012, un blend que contiene 60 % Garnacha, 30 % Syrah y 10% Mourvèdre; se trata de un vino equilibrado, con un retrogusto largo y buena presencia de taninos. Así fue que comenzó a sorprenderme Arizona.

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Lawrence Dunham Vineyards

Otro de los atractivos de este lugar es Willcox Commercial, la tienda más antigua de Arizona. Al salir del establecimiento, vi pasar el tren y el sol comenzó a desaparecer detrás de las montañas para dar paso a una mágica noche. Las guitarras y las voces de dos extraordinarios cowboys crearon una atmósfera cálida, en la que la música country y una copa de Aridus Syrah 2012 completó el escenario. Debo señalar que Aridus es una compañía que facilita a los vitivinicultores que no cuentan con la tecnología y el espacio adecuados con los elementos necesarios para elaborar sus vinos, además de producir su propio caldo.

Mientras que la luna cobijaba las instalaciones de Aridus, las canciones, mi vino y la paz de este lugar, yo me despedía de Willcox para emprender una nueva aventura: Bisbee.

Entre minas y arquitectura victoriana

Antes de llegar al pintoresco Bisbee, un hermoso viñedo se atravesó en el camino, y por supuesto, no pude dejar de visitarlo: Lawrence Dunham Vineyards. Se trata de una empresa familiar que inició actividades en 2007 y se ha posicionado entre el gusto de los lugareños. El clima, el agua que baja de la montaña Chiricahua, el suelo volcánico, las rocas que captan y transmiten calor en verano y mantienen una buena temperatura en invierno, así como el plantío de las uvas correctas, logran que sus vinos tengan una alta calidad, según me platicó Curt Dunham mientras nos adentrábamos por el viñedo.

Al entrar a la casa, me recibió Peggy Fiandaca, esposa de Dunham, con la botella The Signature, un Petit Syrah que para mí fue el mejor vino que caté en Arizona. Con sabores a frutos maduros, especiado, con un equilibrado toque de barrica, taninos suaves y retrogusto medio, esta bebida me enamoró. ¿Y cómo lo han logrado? “Simplemente dejamos que la tierra nos hable para saber qué cultivar”, puntualizó Peggy.

Después de un corto camino, llegué a Bisbee. Mi asombro fue que este pueblo tiene un marcado aire victoriano. La minería era la principal actividad, pero en 1975 el gobierno decidió cerrar las minas y actualmente realiza recorridos, los cuales nos adentran a las profundidades para comprender el estilo de vida minero; esto lo viví en Queen Mine. Al salir de allí, caminé por los alrededores, descubriendo que Bisbee ahora se sostiene del arte y el turismo; las distintas galerías y pequeños hoteles se fusionan a la perfección con la arquitectura.

Para cenar, nada mejor que Café Roka, un restaurante con 25 años de historia y que satisface el paladar con magníficos sabores, excelente técnica e ingredientes frescos convertidos en platillos bien presentados de la nueva cocina americana: es simplemente extraordinario. Era la hora de partir a la acogedora habitación del Hotel San Ramón, en el que la decoración antigua, los muebles de madera y los tonos azules con blanco me hicieron sentir cobijada.

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Café Roka

 

Vino, historia y belleza ancestral

A la mañana siguiente, continué mi recorrido. Aunque era el turno de ir hacia Tubac, tuve que hacer una parada en otro paraje: ante mí se desplegaba una hermosa casa con ambiente familiar y un extenso viñedo, que es la carta de presentación de la bodega Kief Joshua. Esta empresa familiar que tiene plantíos diversos, desde Tempranillo, pasando por Reisling, Petit Verdot, Cabernet Franc o Semillon, hasta Viognier y Zinfandel, siendo ésta última la que brinda uno de los mejores vinos de esta bodega. En general, me parece que son vinos equilibrados, con una acidez presente, mucha personalidad y frescura, que definitivamente reflejan la juventud de su dueño, Kief Manning, quien estudió en Australia todo lo relacionado con vitivinicultura y enología.

Después de esa visita, arribé a Tubac. Fundado en 1752 por los españoles, es considerado el pueblo más viejo de Arizona. Su historia me fue contada a través de su museo, en donde México y Arizona se entrelazan: desde la presencia española y la conquista de los pueblos de aquella región, hasta la pérdida de nuestro territorio nacional durante el gobierno de Antonio López de Santa Anna. En los alrededores del museo, observé diversas tiendas que me recordaron las carreteras de nuestro país, en donde las artesanías se colocan estratégicamente para que el turista se detenga y compre alguna pieza.

Mi estancia en este maravilloso espacio se vio enriquecida por el Tubac Golf Resort & Spa. Aunque actualmente funciona como hotel, no siempre fue así, ya que en otros tiempos fue uno de los ranchos más importantes de la zona, llamado Otero Ranch. Debo destacar que la adaptación fue magistral, ya que conservaron la arquitectura colonial y maravillosamente la combinaron con decoración contemporánea, dando como resultado un hotel que es una invitación a la relajación y al lujo total.

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Urbanidad

Después de cuatro días de conocer diferentes pueblos del sur de esta entidad, finalmente llegué a una ciudad en la que estudiantes de todas partes del mundo confluyen en un mismo espacio: la Universidad de Arizona, localizada en Tucson. Allí, el Museo de Arizona cuenta con una colección de 20.000 vasijas de todo el mundo con una antigüedad de hasta 8000 años. Ahí, diversas galerías de arte, museos, tiendas, restaurantes y bares aledaños son visitados regularmente por estudiantes, entre ellos Wilko, un gastropub sin pretensiones, pero que busca complacer el paladar de los comensales con ingredientes orgánicos de primera calidad y platillos cocinados al momento, donde los imperdibles son la tabla de quesos, los sándwiches con un toque agridulce y las papas a la francesa, sazonadas con aceite de trufa negra y acompañadas de una copa de vino tinto joven… un sueño hecho realidad.

Después de aquella comilona, decidí aventurarme a conocer DeGrazia Gallery in the Sun, donde el artista plástico Ted DeGrazia, dejó gran parte de su obra dentro de su hogar, que actualmente funge como museo. En él se puede apreciar la vida modesta que llevaba (a pesar de haber conseguido una gran fortuna), así como el amor por las costumbres mexicanas y su pasión por la gente nativa del desierto de Sonora. Todo ello se plasma en sus cuadros, esculturas y artesanías, las cuales son una maravilla.

Muy cerca de Tucson se ubica Tempe, y allí es donde la Universidad de Arizona es de suma importancia, debido a que muchos establecimientos se enfocan en las necesidades de los estudiantes. Es así que bares, restaurantes, tiendas, arte y heladerías se dejan ver por el centro de esta pequeña ciudad y uno de los mejores lugares para comer es La Bocca Urban Pizzeria + Wine Bar, donde las pizzas estelarizan el lugar y donde proporcionan dos opciones: o elegir los ingredientes u ordenar las que ya están designadas por el chef; sin importar la elección, estas pizzas hechas al momento, son deliciosas.

El final de mi aventura estaba por llegar, así que lo mejor fue darle un gran cierre, por lo que acudí a un evento anual: “Music and Dinner in the Garden”, dentro del Jardín Botánico. Este espacio alberga más de 50.000 plantas desérticas existentes alrededor del mundo. Rodeada por naturaleza suavizada con pequeñas luces, una noche estrellada, la montaña y el grupo country Sugar Thieves tocando en vivo, fueron la perfecta despedida de Arizona, un estado que sin duda alguna me sorprendió día a día, ya fuera con su arquitectura, arte, comida y por supuesto, sus vinos.

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Museo de Grazia