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China, el país de la porcelana

Con más de mil quinientos años de historia, la porcelana se ha mantenido en los primeros lugares de la apreciación de nobles y plebeyos. Es un oficio, una destreza, un arte, y un lujo, pero sobre todo es la representación de un imperio, de una ciudad milenaria, que ha asombrado al mundo.

 

China es un país conocido como la ciudad o la capital de la porcelana, cerámica creada hace casi dos milenios en cuya reluciente superficie la población ha plasmado en platos, vajillas completas, figuras, esculturas, alhajeros, jarrones, utensilios tanto de cocina como de higiene personal y de decoración, caracterizados por su color, grabado y forma, las batallas y los actos heroicos de los que han protegido las murallas, las dinastías que han marcado cada generación y cada época, entre otros hechos. La porcelana china ha sido admirada y apreciada por los emperadores, que favorecieron su lozanía, logrando así piezas únicas y verosímiles.

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El antecedente y la elaboración

Los chinos, queriendo reproducir una arcilla que imitara al jade y al bronce, inventaron la porcelana. A través de los barnices se buscaron los efectos cromáticos y plásticos de otros materiales, así el barniz de óxido de hierro producía una gama cromática del verde-oliva, el azul-lavanda con la que se pretendía imitar el aspecto del jade.

La porcelana tuvo su máximo esplendor durante la dinastía Sung (960-1279) con Lieou-Yu, quien tomó el nombre de Kao-Tsou-Wou-ti. La porcelana de su tiempo tenía diseños negros debajo del barniz blanco, sus formas eran serenas, sencillas y elegantes, con diseños implícitos. Esta dinastía le abrió las puertas a la dinastía Ming, que reinó de 1368 a 1644, siendo ésta la dinastía más poderosa, su fundador fue Zhu Yuanzhang, llamado Chu Yan chang o Hongw, un monje budista de origen campesino que encabezó la revuelta china contra la dinastía reinante mongola de los Yuan, descendientes de Qubilay Kan.

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La nueva dinastía se esforzó por restablecer las tradiciones chinas. Fundó la fábrica imperial en la ciudad de la porcelana: Ching-Té-Chên, cerca de Nanking. En esta época se produjeron botellas, jarras, tazas para la ceremonia del té y los famosos guardianes y caballos rituales, que hoy pueden verse en los principales museos de Europa y América. Los esmaltes craquelados, las flores de loto y los motivos con dragones o paisajes campestres son típicos de estas épocas, siendo diseños menos sencillos, con más elementos y un poco burdos.

La porcelana es una pasta de caolín y feldespato horneada a mil cuatrocientos grados Celsius, la temperatura más alta que se usa en la industria de la cerámica. Cuando está húmeda se puede modelar a mano, en torno, con moldes de yeso, y luego se le da la primera cocción, esta horneada dura por lo general entre doce y quince horas, el barro pierde toda la humedad y se compacta hasta alcanzar la dureza de la piedra.

Luego, se esmalta, se utilizan pinturas preparadas con materiales fundentes y colorantes. Comenzaron a hacerse piezas de porcelana en color blanco, luego se les agregaron motivos azules, y con el tiempo, se decoraron con ornamentos multicolores. Hasta principios del siglo XIX el azul producido por el cobalto, el púrpura y café por el manganeso, y el verde por el cobre, eran los colores únicos que resistían las altas temperaturas del horno.

Posteriormente, las piezas regresan al horno para la quema, que es una horneada más lenta y delicada, en cuyo transcurso los esmaltes se funden, se adhieren firmemente al barro y toman su color y textura definitiva. La porcelana a la que se le colocan calcomanías, como las vajillas con figuras de flores o animales, por ejemplo, requieren una tercera horneada a menor temperatura, es para que las imágenes se fijan al esmalte. Este proceso necesita que las materias primas sean de la mejor calidad para obtener texturas limpias, suaves y sin manchas o deformaciones.

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En pocas palabras este proceso se da en pocos pasos: se mezcla y amasa la pasta diluida en agua, se moldean las piezas. Se cuecen en horno a temperaturas que van desde 1000ºC a 1800ºC y se decoran con esmaltes y vuelven a hornearse.

Hay dos tipos de porcelana, blanda o dura. La blanda lleva dos y tres procesos de cocción, lo que la hace ser un poco más cara y por lo tanto de poco acceso para muchas personas. La porcelana dura es de color blanco y transparente, compacta e impermeable; es considerada la verdadera porcelana, la más pura, similar a la auténtica y original del pueblo de china.

Desde el siglo XIII la porcelana sufrió cambios drásticos, se transformó, volviéndose un producto digno de comercialización y de industrialización, lo que permitió que la porcelana china empezara a perfilarse en otros países gracias a los viajes que realizaron los europeos. Fue así que cobró fama y reconocimiento y se posicionó entre los objetos más importantes para familias enteras, parte de la decoración de los hoteles, restaurantes y palacios, además de convertirse en algo fácil de vender por los comerciantes. Hasta la fecha, la porcelana sigue siendo un referente artístico, con fines comerciales; cada vez hay más formas, tiene más usos y atributos, los cuales se reflejan en cada tendencia decorativa. Se han quedado un poco atrás los diseños atiborrados de elementos, la porcelana actual es limpia y minimalista, pero de acuerdo a lo que se estila. Las temporadas cambian y el tiempo pasa rápidamente, pero lo que sabemos es que la porcelana china nunca pasará de moda.