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El “vinho verde”, la frescura de Portugal

Llegó la primavera y a nuestra gran ciudad, los calores propios de esta maravillosa estación. Una buena opción para este clima es un refrescante vino blanco portugués: el famoso “vinho verde”.

Llegó la primavera y a nuestra gran ciudad, los calores propios de esta maravillosa estación. Una buena opción para este clima es un refrescante vino blanco portugés: el famoso “vinho verde”.

Hablemos de vinos llenos de juventud y frescura chispeante, en los cuales incluso podemos encontrar cierta aguja o burbuja. Los fascinantes “vinos verdes” cuentan con tal aceptación que cubren el segundo lugar en volumen de producción en Portugal.

Resulta particularmente interesante que Portugal, a pesar de su pequeña superficie, es el sexto productor de vinos en el mundo. En sus casi 92.000 km2 de extensión, se encuentran cerca de 250.000 hectáreas de viñedos, que van desde el sur del río Duero, en el valle del Cambra, hasta el río Miño. Cuenta con cerca de 300 uvas autóctonas con denominaciones tan variadas como la Touriga Nacional, la Castelão o Periquita, la Alvarinho y la Loureiro, entre muchas otras.

La mayor parte del vino que se produce en Portugal se hace dentro sus treinta regiones vinícolas en pequeñas producciones que son consumidas primordialmente de manera local. Esto, claro, no significa que no existan grandes marcas y bodegas que puedan encontrarse en diversas partes del mundo; y particularmente a México llega una selección limitada de etiquetas que nos permite conocer de manera representativa lo que estos vinos tienen que ofrecer.

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Verde con Denominación de Origen

Contrario a lo que uno pensaría, el nombre “vino verde” no se debe al color ni a la edad del vino: es por una cuestión geográfica y de elaboración. Baste decir que para producir estos vinos ni siquiera se emplean uvas verdes, pues son vendimiadas a finales de septiembre y principios de octubre (dependiendo la fecha del tipo de caldo o mosto que se quiera obtener), determinando el momento ideal el nivel de acidez de la uva.

El nombre, que en realidad se escribe vinho verde, corresponde a una Denominación de Origen Controlada (DOC), de acuerdo con la normativa de la Comunidad Económica Europea, en cuanto a designaciones oficiales para clasificar y catalogar los vinos europeos. Esto quiere decir que una DOC, a través de un Consejo Regulador, busca precisamente regular la producción de un vino con el objetivo de mantener la calidad lo más alta posible, así como preservar ciertos usos tradicionales en su elaboración.

En Portugal se produce una gran diversidad de vinos blancos de variados tonos y brillos verdosos, que podríamos pensar que son aquellos conocidos como vinos verdes. Sin embargo, los vinhos verdes son aquellos que se producen en las cerca de 22.000 hectáreas que corresponden a la DOC Vinho Verde, independientemente del tipo de vinificación que sigan (incluyendo blancos, rosados, tintos, espumosos, y ahora destilados). Esta DOC cuenta con casi el mismo número de productores que de hectáreas, siendo la mayor región plantada de viñedos en ese país.

Las primeras reglamentaciones sobre el vinho verde aparecieron a principios del siglo XX, siendo en la Ley de septiembre 18 de 1908 que aparece por primera vez el término “Región vinho verde” Estas regulaciones han evolucionado hasta lo que tenemos hoy en día, donde en 1985 se formula la estructura de la Comisión de Viticultura de la Región de Vinhos Verdes, cuyos primeros estatutos entraron en vigencia en 1992. Esta DO Vinho Verde calificada, hoy se divide en nueve subregiones: Amarante, Ave, Baião, Basto, Cávado, Lima, Monção, Paiva y Sousa.

Esta DOC, conocida como la región Entre-Douro-e-Minho, además de presentar un hermoso paisaje, siempre se mantiene verde, como haciendo honor a su nombre; incluso, hay quienes dicen que de ahí proviene su nombre. Al encontrarse en el extremo noroeste de Portugal, tiene una posición privilegiada: bañada por la brisa marina del Atlántico, a la vez que protegida por las montañas que continúan del Trás-Os-Montes y Alto Douro. La combinación única de influencia costera, altitud, con un clima atlántico y suelos de pizarra y granito, es la que le da el carácter único a los vinos de esta región. Las principales variedades blancas con las cuales es permitido hacer vinhos verdes son Alvarinho, Arinto o Pedernã, Avesso, Azal, Batoca, Loureiro y Trajadura. Entre las cepas tintas podemos encontrar Alverlhão, Amaral, Borraçal, Espadeiro, Padeiro, Pedral Rabo-de-Ovelha y Vinhão. Como dato curioso, encontramos que para elaborar los vinos tintos, las uvas se fermentan con todo y piel.

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Un vino con experiencia

La calidad de los vinos portugueses nunca ha sido un secreto, evidentemente. Al igual que sus países vecinos (Francia, Italia, Grecia y España), desde hace más de tres mil años Portugal ha elaborado y ha exportado vinos, aceites de oliva y quesos gracias a los fenicios, quienes desde su llegada del sur, incluyeron estos elementos culturales en los pueblos que visitaban y cuya expansión fue seguida por los romanos cuando se afanaban en conquistar Francia.

En el caso particular de la región vinho verde, las primeras referencias de producción de esta zona (que comienza al norte del Río Miño), datan de los años 95 a 51 a. C., época en la que se encontraba densamente poblada la zona, aún para los estándares de la Edad Media. Al igual que en el resto de Europa, el desarrollo de la viticultura se presentó más por un tema religioso y para satisfacer las necesidades del clero que por cualquier otra cosa; no queriendo quedar mal con la Iglesia, la corona portuguesa apoyó el cultivo de la viña y la producción de vino.

Otro factor que favoreció el crecimiento de la zona fue la inestabilidad política europea, misma que no beneficiaba el intercambio de mercancías, lo que a su vez volvió prácticamente inexistentes las relaciones comerciales entre Francia y Gran Bretaña. Como consecuencia, los comerciantes ingleses vieron a Portugal como una fuente alterna de abastecimiento.

Así fue como durante los siglos XII y XIII, el vino se convirtió en una fuente de ingresos para los pueblos del extremo norte del país. Incluso, para contribuir a la riqueza del reino, su crecimiento fue fortalecido cuando don Alfonso Henriques, primer rey de este país y mejor conocido como Alfonso I de Portugal, promulgó una ley que buscaba que se plantaran más viñas, la cual consistía en eximir del pago de impuestos a todos los productores de vino durante los primeros cinco años de cosecha de sus tierras (algo bastante avanzado para la época, considero).

Así fue como la industria vitivinícola portuguesa se cimentó y empezó a desarrollarse. A pesar de encontrarse situados junto a afamados y monstruosos productores de vino como España, Italia y Francia, los vinos portugueses empezaron a salir al mercado, con el vinho verde como punta de lanza. Éste, con su juventud y frescura, empezó a conquistar el paladar del consumidor, dándole así un lugar en el mundo y ganando nuevos adeptos día con día. Una producción a gran escala

Los primeros, que representan casi el 60 % de la producción local, se caracterizan por ser afrutados, aromáticos y de frescura chispeante; en los rosados, aunque de menor volumen de producción, los aromas a frutos son más intensos; y finalmente, los tintos son de un carácter fresco y vivaz.

Para comenzar con la producción de los vinos verdes, el trabajo arduo de campo y del viticultor son importantes, pues ellos, junto con el enólogo, determinan la acidez máxima que puede alcanzar la uva para que a partir de este factor, se coseche de forma cuidada y meticulosa cada uno de los racimos que habrán de transformarse en buenos caldos para vinificar, ya que es fundamental lograr un nivel adecuado entre acidez y azúcar para asegurar que se pueda transformar el alcohol suficiente para vinificar.

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A pesar de lo hermoso del paisaje y agradable del clima en la región, la falta de horas de sol no permite que al final de la elaboración se tengan vinos con un importante nivel de alcohol, logrando en promedio vinos de apenas entre 9 y 11°. De hecho, este bajo contenido alcohólico es un aspecto casi cultural, ya que es común que niños de 12 o 13 años empiecen ya a beber estos vinos locales.

La principal diferencia en la elaboración de vinos blancos y tintos, radica en dos procedimientos localmente conocidos: uno es el método bica abierta, que significa fermentación sin pieles y que es usado para los primeros vinos; mientras que el método curtimenta es usado para los tintos, que son fermentados con todo y pieles.

En algunas bodegas y a la usanza tradicional, los vinos se elaboran con una fermentación maloláctica en la botella misma. Esta fermentación es la que permite liberar la acidez agresiva al paladar; como consecuencia se desprende gas carbónico natural como producto derivado que le aporta lo que conocemos como “aguja”. Hoy algunas bodegas terminan de elaborar el vino en depósitos, algunos incluso de acero inoxidable, donde se estabilizan y justo antes de embotellarlos se les añade gas carbónico para lograr el frizante característico de estos vinos. En algunos casos hasta se les llega a agregar algunos gramos de azúcar residual.

La novedad de esta denominación son los vinos espumosos, los cuales son autorizados por la DOC Vinho Verde desde 1999. En este caso, la segunda fermentación la hacen en botella en un tiempo mínimo de nueve meses. Este espumoso, a diferencia de los vinos “tranquilos”, potencializa los aromas y la frescura del vino. Esta nueva producción seguramente busca satisfacer una creciente demanda de este tipo de vinos en el mundo.

Definitivamente, toda botella de vino representa el amor, el cuidado y el trabajo de muchas personas, desde el viñedo hasta el lugar en que lo consumimos; por esta razón cada una de ellas cuenta una historia. En el caso de los vinhos verdes, cuentan con un “sello de garantía” por parte de la DO, el cual está integrado por una serie de letras y números que podemos ver estampado en la botella de un vino tranquilo o espumoso, al igual que los vinagres y brandys que también se producen dentro del marco de esta DOC.

El vinho verde, ideal para climas cálidos como el que promete ser esta primavera, es una muy recomendable opción; su frescura y acidez punzante, junto con su ligera aguja, lo vuelve el acompañante perfecto para comidas ligeras y refrescantes como son ensaladas, carnes blancas y platos vegetarianos, o incluso sushi; obviamente, esto sin dejar de lado pescados y mariscos que, aprovechando la temporada, podemos encontrar y de muy buena calidad. De mi parte, yo no podría resistirme a una copa de vino con una langosta a la mantequilla.

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