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Otra “región más transparente”: Nueva Orleans y las aventuras de sus bebidas

Elías Franco Velarde

Aludiendo a uno de los libros más emblemáticos que el escritor mexicano Carlos Fuentes nos heredó, donde hacía un retrato de aquel México incipiente en todos los sentidos y siempre considerando los orígenes que forjaron nuestra identidad, me permito hilar esta entrañable radiografía con Luisiana y en especial, con su ciudad más notable por excelencia, Nueva Orleans.

Al igual que México, Nueva Orleans fue sometida a la conquista de españoles y franceses y con ello el sincretismo de culturas forjó un mosaico multiétnico en que permea la idiosincrasia, los valores y modos de vida que día con día atrae a muchas personas. Esta ciudad se fundó en 1718 por la colonia francesa establecida a las orillas del caudaloso río Misisipi; el territorio fue a su vez usurpado a la corona española, en específico a los Borbones, pero tras varios tratados nuevamente los españoles recuperaron esta región. Sin embargo, posteriormente Napoleón emprendió la recuperación de “su territorio” para venderlo a la naciente república estadounidense.

El barrio que destila la historia de Nueva Orleans es, sin duda, French Quarter, donde la avenida Bourbon Street concentra al mayor número de bares y restaurantes, pero no debemos dejar de lado Jackson Square, Canal Street, Algiers y Garden Distrit. La multietnicidad que gestó y desarrolló Nueva Orleans, desembocó en una gastronomía considerada una de las más destacadas de Estados Unidos: las tradiciones españolas, francesas y nativas, en combinación con las que insertaron los esclavos africanos, otorgaron un toque por demás peculiar al ámbito culinario.

Su cocina criolla, como es catalogada, ofrece una gran paleta de sabores y matices; la ribera del Misisipi y el Golfo de México ofrecen cangrejos, camarones, pescados, u ostiones, y para los que gusten de lo exótico, la tortuga, cuya sopa es uno de los platos tradicionales del lugar.

Al clima y sabores se suma a su atractivo la música; cuna del jazz, los acordes surgieron de las reuniones entre personas de raza negra, los esclavos, que como escape a la opresión y con la intención de conservar las costumbres acústicas de sus tierras, improvisaban ritmos que ganaron adeptos para establecer un movimiento musical único. El jazz, en sus variantes posteriores, dio a la ciudad las partituras de vida que ahora son irresistibles de probar acompañadas de alguna bebida, por lo que la estancia y experiencia de esta otra “región transparente” se disfruta más.

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¿Qué hay de las bebidas de Nueva Orleans?

Entre la gran actividad de día, la variedad de restaurantes y clubes de jazz, uno no puede dejar pasar la oportunidad de disfrutar un Southern Comfort, una bebida originaria de esta ciudad. Es un licor de color ámbar con toques de caramelo elaborado a partir de whisky, melocotones, hierbas y naranjas. La bebida, mejor conocida como SoCo, fue creada por Martin Wilkes Heron, dueño de un bar en Nueva Orleans que en 1904 obtuvo la Medalla de Oro a la calidad y el sabor en la Feria Mundial de San Luis; en honor a ese evento, el Sr. Heron creó el St. Luis coktail, una mezcla de SoCo con limón. Una vez que se haya degustado un gran platillo al compás de bebop o ragtime, este licor es ideal para el tiempo del postre.

Su fama ganó terreno y 35 años más tarde, el SoCo y su creador ofrecieron a los parroquianos un nuevo coctel, el Scarlet O’Hara, aludiendo al personaje del filme Lo que el viento se llevó, y que se trata de una mezcla de SoCo con jugo de cerezas y engalanado con una lima. Este licor puede disfrutarse solo o en la elaboración de otros cocteles como el Manhattan, daiquirí o martini.

Otra de las bebidas emblemáticas del estado sureño es el peychaud, mejor conocido como sazerac, que tiene su origen en la actual República Dominicana. Antoine Peychaud Jr. es el miembro de este linaje y el personaje principal de esta historia. Boticario de oficio, heredó de su padre el conocimiento para la elaboración de amargos medicinales, abrió una droguería en la isla y tiempo después decidió regresar a Francia, ciudad natal de la familia. Su hijo, entonces de 20 años, decidió emprender el viaje desde Francia hacia Dominicana y de ahí a Nueva Orleans, a la vez que llevó la receta familiar de lo que se convirtió en el coctel sazerac. La bebida se servía en prácticamente todos los bares de la ciudad y tal era su aceptación, que el propietario de un bar-café bautizó con el nombre de este coctel a su establecimiento.

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La cerveza es… Abita.

Nueva Orleans, además de ser un gran marco para vivir grandes experiencias musicales y culinarias, cuenta en su tarjeta de presentación con la cerveza Abita. Al este de Covington se encuentra la ciudad de Abita Springs, que recibe su nombre de los manantiales medicinales cercanos. Esta cerveza es elaborada con las cristalinas aguas de los pozos del área, al agua solo agregan cebada y levadura sin conservadores, para producir tres variedades de cerveza: Amber, Lager dorada y oscura, mismas que se venden en varios estados como California, Massachussets, Nueva York y Texas.

Así es como Nueva Orleans, posterior a su gran historia de fundación, de fusiones y de reconstrucción, y después de ser víctima de un devastador huracán, se presenta en la actualidad como un sitio en el que uno puede experimentar grandes aventuras como las que vivió aquel personaje que creó el escritor estadounidense Mark Twain, Tom Sawyer, quien a las orillas del Misisipi compartía grandes momentos con su entrañable amigo Huckleberry Finn.

Artículo publicado originalmente en el número 36 de la revista El Conocedor.