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Slow food: el regreso al slow living

Los cambios que la comensalidad ha experimentado durante el último año, han puesto de manifiesto más que nunca que las tendencias de consumo apuntan hacia el goce consciente y prolongado.

Por fin, después de una época oscura en la que permitimos que el planeta y nuestro cuerpo pagaran el precio de vivir a un ritmo vertiginoso, parece que el tren de la sostenibilidad, la conciencia social y las decisiones hechas por consumidores informados, es hoy imparable.

¿Qué es Slow Food?

La tendencia slow food siempre ha existido sin ser nombrada. Más bien sus preceptos quedaron sepultados debido a la industrialización, que centró sus esfuerzos en producir más y más barato. De esta necesidad surgieron algunas otras que ayudarían a la fuerza de producción a cumplir de manera sencilla sus objetivos: máquinas y electrodomésticos, supermercados, productos de conveniencia y tiendas de comida rápida, son los ejemplos más claros.

De repente, la practicidad se volvió el principal objetivo y el origen de nuestros alimentos pasó a segundo plano. La lucha para revertir el daño que esta forma de consumo ha causado lleva cerca de cuatro décadas.

En los ochentas, fue Carlo Petrini quien organizó a activistas entusiastas de la comida buena, rica y justa, pero la primera vez que el mundo se preguntó si todos deberíamos convertirnos al slow food fue en 1986, cuando Petrini y su grupo se manifestaron contra la antítesis de sus ideales: la comida rápida; ellos se oponían a la construcción de una tienda de una muy conocida cadena de hamburguesas en una de las plazas más emblemáticas de Roma, Italia.

Gracias a este suceso, en 1989 el movimiento se oficializó en París y se firmó el Manifiesto Slow Food. Una década después, Slow Food organizó el primer salón del gusto: Arca del Gusto, cuyo principal objetivo era expandir la ola y mostrar el trabajo de pequeños productores artesanales, sustentables y que jugaban un papel importante en la preservación de tradiciones locales. El hecho de que nuestro país siguiera el ejemplo lo debemos a otro italiano, Giorgio De’Angeli, quien junto a su esposa Alicia Gironella, fue un incansable promotor de la cocina mexicana tradicional y presidente en México del movimiento internacional Slow Food. 

Volviendo al Slow Living 

 

La revista online apoyada por S. Pellegrino y Acqua Panna, Fine Dining Lovers, publicó recientemente sus predicciones en tendencias gastronómicas para 2021. Si bien algunas son la continuidad de lo que se ha venido desarrollando en las últimas décadas gracias a la influencia de la filosofía slow food, es un hecho que este año (sucesor de “2020: año de la pandemia”), a los comensales nos deparan cuestionamientos más profundos. Esto es, sobre lo que comemos, en qué momento lo comemos, a quiénes beneficia nuestro consumo, de dónde viene la materia prima, a dónde van los desechos…

La larga lista de inquietudes que, como consumidores conscientes que gustan de disfrutar y vivir despacio, se asemejan cada vez más a lo que preocupaba a los fundadores del movimiento: incrementar el consumo local, reducir el consumo de productos de origen animal (especialmente carne), hacer de los alimentos plant based una tendencia, lograr condiciones justas para los trabajadores de la industria, así como reducir y reutilizar los desechos que generamos en la producción y consumo de alimentos, por mencionar los principales.

Una historia detrás de los ingredientes

Hoy, encontramos la sofisticación que antes buscábamos desesperadamente en los productos de importación, en el insumo nacional de calidad y con una historia social detrás. Una tortilla proveniente de un proyecto de rescate de maíces nativos, un queso mexicano multipremiado, un licor artesanal o un mezcal destilado con técnicas ancestrales, se convierten en el oro molido de nuestros restaurantes más galardonados y en objetos preciados para nacionales y extranjeros.

D’eAngeli en algún momento escribió: “Quienes producen alimentos buenos y limpios, merecen nuestro apoyo y agradecimiento. Aceptemos pagar algo más, un precio justo por sus productos. El ideal es conocer personalmente a estos artesanos y comprarles directamente. Slow Food propicia estos encuentros porque la bondad, la limpieza y la justicia, no tienen precio”.

En suma, es volver a los principios básicos del manifiesto original de Slow Food que propone como vacuna a la comida rápida, “una porción de placeres sensuales asegurados, suministrados de tal modo que proporcionen un goce lento y prolongado”.