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Sin sorpresa no hay placer

Los wine lovers mexicanos tenemos la posibilidad de elegir entre más de 3,500 etiquetas en el mercado. ¿Qué tal si nos sorprendemos con un ice wine? 

Hace algún tiempo, en una pared del feudo de mi buen amigo, el chef Mikel Alonso, en el restaurante Biko, aparecía una frase maravillosa: “Sin sorpresa no hay placer”. Y es que lo inesperado, lo que nos asombra, es justo aquello que nos sorprende por su variedad, diversidad y calidad. Si bien esto es significativo en la vida, es totalmente aplicable al vino.

Solemos beber los vinos que ya hemos probado y nos han convencido, antes de arriesgarnos a experimentar con nuevos países, estilos, uvas o bodegas. Pero en México, un país muy afortunado, las opciones gastronómicas o enológicas son sumamente amplias. A pesar de nuestro aún escaso consumo per cápita de vino -960 ml al año-, cada wine lover puede elegir entre más de tres mil quinientas etiquetas disponibles de
casi todo el mundo.

Dentro de este rubro, una excelente opción son los vinos de postre, dentro de los cuales existe uno muy especial: el ice wine o vino de hielo. Se trata de vinos que por su estilo, personalidad, versatilidad y enotecnia, siempre serán una grata experiencia que te permitirá agruparlos como imprescindibles dentro de tu cava.

El vino de hielo se originó en Alemania, cuando en 1794 y por accidente, se elaboró vino a partir del prensado de uva congelada. Pero fue a mediados del siglo XVIII que comenzó a producirse de manera intencional en Rheingau.

El origen del ice wine

Aunque su nacimiento se remonta a Alemania, ha encontrado tierra fértil en Canadá. Por razones de climatología, las cepas blancas son las que tienen mayor número de hectáreas plantadas y las cuatro quintas partes de los vinos que se venden en este país son blancos, a base de Chardonnay, Riesling, Pinot Gris y Pinot Blanc; mientras que para los tintos se utilizan Pinot Noir, Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc, Gamay y Merlot.

El ice wine canadiense se elabora a base de Riesling y principalmente por el híbrido blanco de piel gruesa llamado Vidal. Las primeras elaboraciones en este país se iniciaron en los años 70, pero fue hasta la década de los 90 cuando se comenzó a producir en volúmenes adecuados al consumo y al comercio.

Como en los demás vinos, el proceso de elaboración del ice wine se inicia en el viñedo. La uva se deja madurar y se vendimia ya entrado el invierno. La deshidratación ocasiona la concentración de azúcares, ácidos y aromas.

El resultado: un vino que normalmente es de color dorado intenso, muy aromático, con recuerdos a frutas maduras tropicales y frutos compotados, de buena acidez y un dulzor balanceado, con un elegante final.

Y si de finales se trata, nada mejor para concluir tu comida o cena con un imprescindible, el ice wine de Canadá, y con placer dejarte sorprender.


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